STRANGER THINGS, NOSTALGIA UPDATED

Texto: Jesús Galeote

Pocas predicciones hubiesen acertado que la cosa más extraña de 2016 fuese la nostalgia. Stranger Things, la serie de moda, lo es hasta cotas inimaginables. Una nostalgia cuyo principal estandarte parecía a priori la elección de la propia protagonista pero que termina bañando todo de recuerdos, sonidos y sabores. ¿Otra era? No tanto.

La mitómana labor de entrega a Winona escondía un secreto aún más mitómano y mucho más laborioso. En algo tan inmenso como Stranger Things la reaparición de la diva cleptómana se queda en mera anécdota homonormativa, en puro gancho efectivo que deja paso a la difícil labor de presentarse ante un público cada vez más necesitado de ficción pero aún viciado por series de terror barroco y fantasías medievales. Una dificultad que los padres de la serie han suplido con el mejor as de cualquier baraja; la actualización de la nostalgia.

Los 80 en un pequeño pueblo norteamericano sonaban a Toto, The Bangles, The Clash; se recorrían en bicicletas vintage en las que uno podía pasear a extraterrestres de un solo dedo; se fumaban a golpe de Lucky Strike, se parecían físicamente a Winona Ryder, sí, pero se jugaban en tableros de rol que cometían la osadía de sintetizar una realidad virtual alrededor de una mesa de madera. No hemos cambiado tanto para terminar cazando pokemons por la calle pero en apenas dos, quizás tres capítulos, cualquiera es capaz de resintonizar con todo aquello que hubimos de descartar un día para ser la generación milennial que rapea con adolescentes en el Raval. Con Stranger Things se revela que Stephen King es más culpable de la evolución del mundo de lo que se pensaba y se reafirma que Steven Spielberg se fumó las fantasías de toda una generación para ir exhalándolas en caladas delirantes de alguna droga adictiva que no lo es necesariamente por su calidad sino por el colocón que puede llegar a producir. Los Hermanos Duffer son esa generación, no cabe duda, pero no por ello es justo denominarlos ‘hijos bastardos’ de nadie.

STRANGER THINGS

No lo es cuando su producto ha sabido trasladar de forma magistral aquella fantástica era a ésta que nos acompaña. Los creadores de la serie juegan adrede con un argumento que parecía oxidado y lo dividen de forma bidimensional entre el mal y el no tan mal. Lo empírico y lo verídico; eterna lucha más que desgastada que reavivan a través de referentes actuales a veces muy explícitos y otras tantas más subliminales. Es cuestión de minutos apreciar que el papel de Wynona homenajea a las sobreactuadas actrices del género de terror en una serie en la que se homenajea de base a los que crecieron en los 80 y se entregaron a ella, y a todo lo citado anteriormente, en los 90. Pero no quedan ahí los homenajes referentes. Una niña probeta rapada a lo garçon, bellísima hasta lo extraño, a la que se conoce por un número; ¿no hay algo de it girl actual en todo eso? Las últimas creaciones de Vetements se mostraron bajo cabezas rapadas, hordas de actrices o influencers han sucumbido a la efectiva maquinilla corta pelos y otras tantas, las que no se atrevieron cuando Britney, ahora estarán en lista de espera para hacerlo. Son celebrities que combinan sus trabajos con tendencias que surgen de laboratorios y probetas; arquetipos dirigidos por grandes maisons que un día se encapricharon en que nos entregásemos a la androginia.

Casi todas las modas, de apariencia o de conciencia, están presentes en Stranger Things a través de otros cánones post materialistas. Un sheriff fofisano que despierta ternura y deseo encarna a la perfección el hombre rudo que tanto reclaman recientemente desde publicaciones básicamente femeninas en paralelo a la androginia que emerge de la misteriosa niña probeta y que causa furor en el establishment. Jóvenes adolescentes con mundo interior cuya apariencia parece surgir de producciones pornográficas de Europa del Este se debaten entre lo moral y el libertinaje apuntando claramente, es justo decirlo, hacia la nueva moda conservadora de virarlo todo un poquito a la derecha; esa que tantos personajes reales derraman a diario en sus redes sociales o en intervenciones televisivas de ex de tenistas desfasadas. Finalmente, y no menos importantes, unos niños intrépidos que sufren bullying por alejarse de la mediocridad, por pertenecer al club de ciencia, representan a esos que hoy ya sabemos que fueron raros a los trece y serán gurús a los veinte. Little monsters, indies o modernos de aquella realidad previa al hypsterismo; demasiadas realidades esconden esos niños.

Y entre tanto cliché descontextualizado, la serie resulta ser un maravilloso producto coral de antagonistas que viven atemorizados por un agujero membranoso tras el que el sueño americano se convierte en algo oscuro, pegajoso y artificial… ¿Otra era? Quizás no tanto.